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7 mitos a erradicar de la neurociencia y las funciones cognitivas.

 



Mito 1: De los 40 en adelante ya todo es cuesta abajo.

Es verdad que algunas habilidades cognitivas realmente se van perdiendo conforme envejeces. Los niños son mejores a la hora de aprender nuevos idiomas que los adultos, y nunca retes a un niño de diez años a un juego que requiera concentración a no ser que sea tu hijo/nieto o no te importe que te humillen. Los adultos jóvenes por su parte son más rápidos que los más mayores a la hora de decidir si dos objetos son iguales o diferentes; pueden memorizar mejor una lista de palabras aleatorias y pueden contar hacia atrás de 7 en 7 más rápido.
Pero es que hay muchas habilidades mentales que mejoran con la edad. El vocabulario, por ejemplo: las personas más mayores conocen y comprenden más palabras y son capaces de hacer distinciones más sutiles. Dadas unas notas biográficas de una persona desconocida, determinan mejor su carácter; en general las personas de más de 40 tiene mejores resultados en los tests de inteligencia social y saben mejor cómo resolver un conflicto. Y además conforme avanza el tiempo las personas cada vez regulan mejor sus emociones y son capaces de encontrar un sentido a sus vidas.
Mito 2: Tenemos 5 sentidos.

Claro que sí: vista, oído, gusto, olfato y tacto son los que se nos vienen a la cabeza. Pero tenemos muchas otras formas de percibir el mundo y nuestro lugar en él. La propiocepción es el sentido de cómo están posicionados nuestros cuerpos. La nocicepción es el sentido del dolor. También tenemos el sentido del equilibrio (el oído interno es a este sentido lo que el ojo a la vista), el sentido de la temperatura corporal, de la aceleración o el del paso del tiempo.
Si nos comparamos con otras especies nos faltan unos cuantos interesantes. Los murciélagos y los delfines usan un sónar para encontrar a sus presas; algunos pájaros e insectos ven la luz ultravioleta; las serpientes detectan el calor del cuerpo de una presa; las ratas, los gatos, las focas y otros animales con bigotes los usan para evaluar las relaciones espaciales o como detectores de movimiento; los tiburones perciben los campos eléctricos en el agua; los pájaros, las tortugas e incluso las bacterias son capaces de usar el campo magnético terrestre para orientarse.
Mito 3: Los cerebros (encéfalos) son como ordenadores.

Hablamos de la velocidad de procesamiento del encéfalo, su capacidad de almacenamiento, sus circuitos paralelos, inputs y ouputs. Pero la metáfora no es válida prácticamente a ningún nivel. Podríamos poner muchos ejemplos pero mencionaremos sólo algunos: el cerebro no tiene una capacidad de memoria determinada que está esperando para que la llenes; no realiza cálculos (computaciones) de la forma en la que los hacen los ordenadores; e incluso la percepción visual básica no es una recepción pasiva de un input, ya que interpretamos activamente, anticipamos y prestamos atención a diferentes elementos del mundo visual.
Viene siendo tradicional comparar el encéfalo con cualquier tecnología que sea la más avanzada, impresionante y con un halo de misterio del periodo en cuestión. Así Descartes comparó el encéfalo con una máquina hidráulica, Freud con una de vapor. Posteriormente se asimiló el encéfalo a una centralita telefónica, después a un circuito eléctrico, para terminar llegando al ordenador; últimamente ya se encuentran textos en los que se le asimila a un navegador web o a Internet.
Estas metáforas traen como consecuencia expresiones coloquiales: de Freud y su máquina de vapor viene aquello de “estar sometido a mucha presión”, de la centralita aquello otro de “voy a desconectar un rato”, y del ordenador las populares “cambia el chip” o “grábatelo en el disco duro”. Y también generan nuevos mitos, como el que sigue.
Mito 4: El cerebro adulto no cambia.

Este es uno de los legados mas duraderos de la vieja metáfora “los cerebros son circuitos eléctricos”. Como nada hay completamente blanco ni negro, hay una parte de verdad, como en todas las metáforas: el encéfalo está organizado de una manera definida, con ciertas partes especializadas en realizar total o parcialmente determinadas tareas, y estas partes están conectadas de forma más o menos predecible (como si fuesen cables) y se comunican en parte por el intercambio de iones (pulsos eléctricos).
Pero uno de los mayores descubrimientos de la neurociencia en las últimas décadas ha sido que el cerebro es increíblemente plástico. En las personas ciegas, las áreas del cerebro que normalmente procesan la visión se dedican a procesar el sonido. Una persona que está aprendiendo algo nuevo, como hacer malabares o tocar el violín, “reestructura” las áreas de su cerebro dedicadas al control motor fino. Los que sufren una lesión cerebral pueden hacer que otras áreas del encéfalo no afectadas intervengan para compensar el tejido perdido.
Mito 5: Sabemos los que nos hace felices.

En algunos casos simplemente no tenemos ni idea. De manera habitual sobrestimamos lo feliz que nos hará algo, ya sea un cumpleaños, una pizza gratis, un crucero por el Caribe, un coche nuevo, la victoria de nuestro equipo o de nuestro partido político, ganar la lotería o, incluso, tener y criar hijos.
El dinero da la felicidad, pero hasta un cierto punto: los pobres son menos felices que la clase media, pero la clase media es tan feliz como los ricos. Sobrestimamos los placeres de la soledad y del ocio e infravaloramos la felicidad que obtenemos de las relaciones sociales.
Por otra parte, las cosas que decimos aborrecer no nos hacen tan infelices como cabría suponer. Los lunes por la mañana no son tan desagradables como solemos predecir. Tragedias aparentemente insoportables (la parálisis, la muerte de alguien muy querido) causan dolor y desesperación, pero la infelicidad no dura tanto como pensamos que lo hará. Los humanos hemos evolucionado para ser resistentes ante este tipo de cosas.
Mito 6: Vemos el mundo tal y como es.

No somos receptores pasivos de la información externa que entra en nuestro encéfalo a través de nuestros órganos de los sentidos. Al contrario, buscamos pautas de forma activa (ese dálmata que aparece de repente en una lámina blanca con manchas negras), convertimos escenas ambiguas en otras que se amolden a nuestras expectativas (es un jarrón / es una cara, una joven / una vieja) y nos perdemos los detalles que no esperamos (contamos los pases de balón pero no vemos al gorila que cruza por medio).
Tenemos una capacidad (muy) limitada de prestar atención (por lo que hablar por el teléfono móvil o encender un cigarrillo mientras se conduce puede ser tan peligroso como hacerlo borracho) y una infinidad de prejuicios (puedes ver aquí algunos ejemplos) sobre lo que esperamos o queremos ver. Nuestra percepción del mundo, digámoslo claramente, no es de abajo a arriba, es decir, no se construye a partir de observaciones objetivas ligadas lógicamente. Es de arriba a abajo, guiada por nuestras expectativas e interpretaciones.
Mito 7: Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus.

Algunas de las investigaciones más chapuceras, torticeras, con más prejuicios, peor diseñadas y más sobreinterpretadas de la historia de la ciencia son las que se supone que aportan el fundamento biológico a las explicaciones a las diferencias conductuales y cognitivas entre varones y mujeres.
Hubo un momento en que eminentes científicos llegaron a afirmar que el tamaño de la cabeza, de los ganglios espinales o del tronco cerebral eran los responsables de la incapacidad de las mujeres de pensar de forma creativa, votar con lógica o practicar la medicina. Hoy día las teorías han evolucionado un poco: los varones se supone que tienen hemisferios más especializados, las mujeres circuitos emocionales más elaborados. Pues bien, aún cuando existen algunas diferencias (menores y no correlacionadas con una capacidad en concreto) entre los encéfalos masculino y femenino, las correlaciones del comportamiento con los sexos están increíblemente exageradas.
Se supone que las mujeres obtienen mejores resultados que los varones en los tests de empatía. Y es cierto; a no ser que les digas a los varones que son particularmente buenos en el test antes de hacerlo, en cuyo caso sus resultados son iguales o mejores que los de las mujeres. Lo mismo ocurre en el otro sentido con los tests de razonamiento espacial. Cada vez que se hace que los estereotipos vengan a la mente, incluso con algo tan sencillo como pedir que se maque el sexo en la hoja de test, se exageran las diferencias sexuales. Cuando se les dice a estudiantes universitarias que un test se le suele dar mal a las mujeres, se les da mal. Si a otro grupo se les dice que se les da bien a los universitarios en general, lo hacen bien. Cuanto más prevalente es en un país la creencia de que los varones son mejores que las mujeres en matemáticas, mayor es la diferencia en las notas de niños y niñas en matemáticas. Y eso no es porque las niñas de Islandia o Noruega tengan hemisferios más especializados que las de Italia o Egipto.
Ciertas diferencias son enormemente importantes para nosotros a la hora de elegir pareja, pero cuando nos fijamos en lo que nuestros encéfalos hacen la mayor parte del tiempo, es decir, percibir el mundo, dirigir la atención, aprender nuevas habilidades, codificar recuerdos, comunicarnos (no, las mujeres no hablan más que los hombres), evaluar las emociones de los demás (no, los varones no son inútiles a este respecto), los varones y las mujeres presentan capacidades similares.

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