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José Comas y Solá, un barcelonés con estrella

El presente artículo corresponde a una versión abreviada del que publiqué en la edición del mes de mayo de 2011 de la revista Historia de Iberia Vieja.

Comas_Sola

He sido mucho tiempo vecino suyo. Y ya es sabido que la frecuencia quita importancia a los hombres como a las cosas. Me he cruzado con el viejo astrónomo infinidad de veces en las calles quietas, tranquilas, apacibles, de San Gervasio. Y a fuerza de verle todos los días, acabé por olvidarme de su prestigio científico, para no ver en él más que el anciano a quien se cede la acera y del que se conocen las inevitables vulgaridades de la vida cotidiana. Todavía no he acertado a comprender por qué tuvo durante mucho tiempo en su jardín, suspendido de una cadena, un Ford prehistórico. Sin duda lo tenía en el aire para hacerse la idea de que era un astro de los que preocupan su atención de hombre estudioso del infinito…

Curiosa anécdota referida a José Comas y Solá
por Braulio Solsona en Mundo Gráfico, miércoles 13 de junio de 1934.

Un asteroide viene a ser un pedazo de roca que hace las veces de vagabundo espacial y que, de vez en cuando, termina dándose de bruces contra vecinos celestiales de mayor tamaño, con espectacular efecto. Los hay metálicos, rocosos o incluso embadurnados con oscuros compuestos orgánicos. En la familia de los asteroides, que en su mayoría discurren por órbitas entre Marte y Júpiter, motivo por el cual se ha llamado a esa región del espacio con el sonoro nombre de cinturón de asteroides. Hay algunos miembros en la familia de estos planetas en miniatura que guardan el honor de haber sido nombrados en memoria de algún efímero habitante del planeta azul. Tal cosa sucede con el asteroide número 1655, conocido igualmente como 1929 WG o, de forma más agradable como asteroide Comas Solá. Y es, precisamente, la entrañable figura del astrónomo catalán José Comas y Solá, la que protagoniza este artículo a modo de breve semblanza de sus terrenales aventuras, siempre mirando a las alturas. El asteroide que atesora la memoria de Comas y Solá en el espacio recibió su nombre después del fallecimiento del que fuera primer director del Observatorio Fabra de Barcelona, desde el que partió la iniciativa de recordar al viejo astrónomo con el mérito de poseer todo un astro bajo su nombre.

Una vida entre telescopios

No sólo un asteroide lleva el nombre de Comas y Solá, sino que también todo un cráter marciano ha sido bautizado de la misma forma y, no es para menos, porque los méritos científicos del astrónomo catalán le hacen merecedor de tales honores. Durante un tiempo también un cráter de la Luna fue nombrado de la misma forma, pero con la reforma de la nomenclatura lunar llevada a cabo por la Unión Astronómica Internacional en 1973, Comas y Solá perdió aquel honor para, como compensación, ganar todo un cráter con más de cien kilómetros de diámetro en Marte. ¡Cómo hubiera disfrutado el pionero José con las detalladas imágenes que hoy día nos llegan de prácticamente todos los rincones del Sistema Solar!

José Comas y Solá nació en Barcelona el 19 de diciembre de 1868. Vivió prácticamente toda su vida en la misma ciudad, por la que llegó a sentir tanta pasión como por la astronomía. El día de su funeral, poco tiempo después de que falleciera el 2 de diciembre de 1937, fue despedido por miles de personas, entre las que se encontraba el presidente de la Generalitat de Cataluña, Luís Companys. El hecho no ha de resultar extraño porque, a lo largo de toda su vida, el viejo astrónomo no se limitó a quedar encerrado con sus instrumentos oteando los cielos, sino que desarrolló una labor divulgativa tan importante que, décadas después de su muerte, su huella siguió animando vocaciones científicas. Por otra parte, su buen hacer como investigador, así como sus descubrimientos, habían logrado que su prestigio cruzara fronteras y fuera considerado como uno de los más célebres astrónomos de su época en todo el mundo.

En casos como el suyo, cuando el interés por algún campo de las ciencias o las artes hace mella en una persona de tal forma que se convierte en una pasión vitalicia, cabe preguntarse si algún suceso especial tuvo algo que ver en el despertar de esa atención. Cuando apenas contaba quince años de edad, la caída de un meteorito en las cercanías de Tarragona parece que fue la chispa que inclinó definitivamente la querencia de Comas y Solá hacia la astronomía. Ya anteriormente había demostrado interés por asuntos científicos, pero posiblemente su encuentro con aquella roca caída del cielo fue la que inclinó su vocación hacia la astronomía. Todavía siendo un chaval, logró publicar algunos estudios interesantes sobre temas astronómicos, todo ello antes de que en 1886 comenzara sus estudios de física y matemáticas en la Universidad de Barcelona. A partir de ahí ya nunca se separó de los telescopios ni de la astronomía profesional, siendo sus logros realmente asombrosos.

Haciendo un pequeño repaso a su actividad científica cabe destacar el sorprendente grado de detalle con que contaban sus dibujos astronómicos. Sus primeras observaciones de Marte, con un telescopio muy modesto, tuvieron como resultado un mapa del planeta rojo que, curiosamente, resaltó algo que llamó la atención en su época. He de recordar que a finales del siglo XIX se vivió una auténtica fiebre por lo marciano y, cómo no, también por los presuntos habitantes del vecino planeta, unos seres que luchaban contra la decadencia de su civilización por medio de la construcción de inmensos canales que llevaban agua desde regiones polares hacia el ecuador de Marte. Claro, era indudable según famosos astrónomos como Percival Lowell, que las líneas que se veían sobre la superficie de aquel planeta eran canales, no había discusión posible. De ahí partieron todo tipo de historias sobre la supuesta civilización marciana. Lo que había nacido con un simple mapa, dibujado por el italiano Giovanni Schiaparelli, en el que aparecían líneas a las que llamó canali, desató una auténtica locura. Lowell tradujo de forma errónea la palabra, suponiendo que el italiano se refería a construcciones artificiales y, con ello, se armó el gran lío marciano. Realmente sorprende cómo muchos astrónomos dijeron haber contemplado los famosos canales de Marte, pero Comas y Solá, aun siendo un joven desconocido pero sin temor a ser ridiculizado por ir contracorriente, luchó por demostrar con sus observaciones que, realmente, todo aquello no eran más que artefactos ópticos. En Marte no se veían canales y, como demostró el paso del tiempo, realmente nadie los había llegado a ver nunca, todo un triunfo prematuro del astrónomo catalán.

Durante un tiempo fue astrónomo el observatorio de Sant Feliu de Guixols, en Girona y, poco después, tuvo oportunidad de recorrer Italia para ampliar sus estudios. Así llegamos al la frontera entre siglos, una época realmente apasionante para nuestro astrónomo, a quien le fue encargado el trabajo de observación de algunos eclipses de sol célebres, como los de 1900 y 1905. Aquellas experiencias se convirtieron en algo único, pues Comas y Solá tuvo éxito por primera vez a la hora de aplicar diversas técnicas fotográficas y de cinematografía en la captura de fenómenos astronómicos como los eclipses.

Con tan rotundo éxito como agudo observador y, además, diestro maestro a la hora de manejar las nuevas técnicas de captura de imagen, no debe extrañar que su futuro como astrónomo estuviera asegurado. Los descubrimientos de Comas y Solá no habían sino comenzado. Logró determinar el diámetro del planeta Mercurio estudiando imágenes tomadas en varios tránsitos del astro frente al sol, descubrió los detalles de varias formaciones nubosas en la atmósfera de Júpiter, fue capaz de capturar algunos detalles de la superficie de los satélites mayores de ese gigante gaseoso y, con respecto al anillado planeta Saturno, trabajó durante décadas en diversos aspectos de su morfología y comportamiento, lo que le convirtió en el mayor experto de su época sobre ese astro. Cabe recordar que los telescopios de principios del siglo XX todavía requerían de una agudeza visual y de una concentración por parte del observador realmente envidiables. Hoy día la mayor parte de las observaciones astronómicas profesionales pasan por el tamiz de los filtros electrónicos y los ordenadores, pero Comas y Solá no pudo contar con esa ayuda, si acaso la fotografía fue su aliada pero, sin lugar a dudas, fue su infinita paciencia y su capacidad visual lo que permitió que llevara a buen puerto sus investigaciones del firmamento. Esas cualidades fueron puesta a prueba de manera extrema con uno de sus mayores logros, algo realmente excepcional. Si observar un planeta en la lejanía, incluso a pesar de contar con instrumentos ópticos de calidad, es algo realmente complicado, pasar de la mera contemplación para subir un escalón y percibir detalles en el astro torna en misión apta para muy pocos. Lo anterior no constituye exageración alguna porque Comas y Solá demostró que sus dotes como observador superaban con creces las de cualquier otro. El logro al que me refiero tiene que ver con Titán, el mayor satélite de Saturno. Incluso con telescopios actuales este astro apenas se muestra como un punto de luz sin aparentes detalles en la mayor parte de las ocasiones. Por ello, resulta asombroso que el astrónomo barcelonés fuera capaz de estudiar y describir la presencia de una atmósfera activa en el satélite. Es más, su trabajo sobre Titán, que data de 1908, sólo pudo ser confirmado en los anales de la astronomía mucho después de su muerte, cuando en 1944 se demostró mediante sofisticadas técnicas de espectroscopía que Comas y Solá había acertado de pleno.

Aquel logro bastaba para considerarlo como uno de los más importantes astrónomos del cambio de siglo, pero todavía hay mucho más. Comas y Solá estudió a fondo diversos aspectos del cometa Halley durante su retorno al interior del Sistema Solar en 1910. También calculó órbitas de asteroides y descubrió, mediante técnicas fotográficas propias, gran número de esos pequeños astros. Igualmente, realizó descubrimientos relacionados con los cometas y las estrellas dobles y hasta tuvo tiempo de aportar originales trabajos en el campo de la sismología.

Un importante papel como divulgador de la ciencia

Al contrario que muchos de los científicos, Comas y Solá encontraba en la divulgación un campo de interés tan profundo como la propia labor de investigación. Eso que durante mucho tiempo fue conocido como vulgarización de la ciencia encontró en nuestro astrónomo a un verdadero maestro, puede decirse que fue algo así como nuestro Flammarion particular y, en las dotes escritas, no le iba a la zaga.

Comas y Solá fue padre de obras célebres, como el que es considerado uno de los primeros atlas fotográficos del cielo, una verdadera joya en cuya creación empleó refinadas técnicas de elaboración propia. Desde que fuera nombrado director del novísimo Observatorio Fabra, en Barcelona, cosa que sucedió en 1904, no dejó de ofrecer conferencias ni de colaborar en programas de radio o en la prensa escrita. También ofrecía recorridos y conferencias en el observatorio que construyó en su propia casa, Villa Urania. Se convirtió así en todo un referente para el público en lo que a temas astronómicos se refería. Fue también fundador de la Sociedad Astronómica de España, así como miembro de muchas sociedades astronómicas y científicas europeas. De su pluma surgieron cientos de artículos y algunos de los libros de divulgación astronómica más difundidos de entre los que se hayan escrito jamás en España.

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