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Electricidad en el ser humano

Los efectos de la electricidad sobre el ser humano han tenido siempre una incesante fascinación se utilizaban en las fiestas para diversión de los asistentes. Un juego consistía conectar una corona del rey a una botella de Leyden y todo el que intentaba cogerla cerraba el circuito de manera que recibía una fuerte descarga. Pero la historia de la electricidad aplicada sobre el ser humano está salpicada de anécdotas.

La botella de Leyden fue inventada por el físico holandés Pieter van Musschenbroek en la Universidad de Leyden, en 1746. No era más que un recipiente de cristal con sus superficies interior y exterior cubiertas por sendas láminas de estaño. Tenía la capacidad de almacenar grandes cantidades de electricidad. De ahí que quien osara coger la corona del rey recibía como recompensa una buena comprobación de sentir en sus propias carnes la electricidad.

Otro pasatiempo de la época era poner una apuesta doncella conectada a uno de los polos de una de dichas botellas y el otro se anclaba al cuerpo del galán que pretendía besarla. Y cuando lo hacía, saltaban chispas. De amor o electricidad, lo dejo a elección de cada cual.

Y otra de las costumbres muy practicadas en las fiestas consistía en ponerse un montón de personas cogidas de las manos. Cuando las dos personas de los extremos tocaban respectivamente la superficie exterior de la botella y una varilla conectada a la superficie del interior, una corriente eléctrica recorría la línea y les hacía saltar a todos.

Hasta el rey Luis XV de Francia probó el experimento con una línea de 180 de sus cortesanos, con resultados satisfactorios (desde el punto de vista del rey, claro), y se hizo un experimento similar con una línea de frailes cartujos que medía más de kilómetro y medio de longitud.

Este inocente juego llevó al francés Joseph-Aignan Sigaud de Lafond a hacer un descubrimiento que hoy todos conocemos pero que en aquel entonces no se tenía idea alguna. En su versión dicho experimento, la primera persona de la cadena tocaba el interior de la botella y la última acercaba el dedo a la superficie externa, haciendo saltar una chispa que provocaba que todos saltaran cuando la corriente eléctrica recorría la cadena. En una ocasión, sin embargo, sólo saltaron las seis personas más próximas a la que hacía saltar la chispa. La sexta, un joven de delicadas facciones, no había transmitido la corriente a su vecino.

Rápidamente se difundió por París el rumor de que aquel joven era incapaz de transmitir la corriente porque no estaba dotado de “todo lo que constituye el carácter definitivo del hombre”. Pero posteriormente, Sigaud repitió el instrumento con tres castrati en la cadena. Los tres saltaron, pero no bastó para acallar el rumor. Como los hombres somos especialistas en encontrar razones, los propagadores de aquellos rumores dijeron que tenía que haber una diferencia de poder conductor entre “los hombres que han sido mutilados por el Arte y los hombres con los que la Naturaleza se ha mostrado cruel”.

Sigaud realizó otros muchos experimentos de cadena sin observar una repetición del efecto. Parecía que aquel joven estaba destinado a pasarlo mal el resto de su vida hasta que, milagrosamente, el efecto se repitió cuando estaba experimentando con una cadena de 16 personas. Las primeras saltaron, pero una de ellas no transmitió la corriente.

Nuestro hombre tuvo la perspicacia de no mirar los testículos del desdichado, sino sus pies, y observó que el hombre estaba pisando suelo mojado. Llegó a la brillante conclusión de que el suelo mojado era mejor conductor de la electricidad que el cuerpo humano, y que la corriente pasaba al suelo en lugar de seguir por la cadena. La reputación del joven quedó salvada y se preparó el terreno para la invención de la toma de tierra. Y ese es el objetivo que tienen las conexiones a tierra: proporcionar un camino alternativo más fácil para una corriente eléctrica y que pase por allí en lugar de por nuestro cuerpo.

En una ocasión, un estudiante resentido de la Universidad de Cambridge conectó una bobina de Tesla (que genera unos 40.000 voltios) al urinario de cobre que solía utilizar el profesor causante del descontento. Como el suelo del servicio estaba húmedo. su cuerpo (y el chorro de líquido que lo acompañaba) formaba un excelente camino conductor desde el urinario hasta el suelo. Según un informe posterior, el profesor no solo mojó los azulejos de encima del urinario, sino que además regó una ventana situada a unos dos metros de altura.

La electroterapia para la restauración del movimiento en los músculos paralizados no es que haya sido muy impresionante. No obstante, hay una historia bastante llamativa. En 1733 un cerrajero suizo llamado Nogues sufrió un golpe en la cadera que lo dejó casi completamente paralizado del lado derecho. Catorce años después fue atendido por el profesor Jean Jallabert, que había estado haciendo experimentos con la botella de Leyden. Con la ayuda de Daniel Guiot, el principal cirujano de Ginebra, calentó el brazo del paciente y le administró descargas durante una hora.

Al cabo de un mes, el paciente podía levantar un vaso lleno de agua y al cabo de tres meses, con la ayuda de un programa de ejercicios, había recuperado por completo el uso del brazo.

Desgraciadamente, estos tratamientos han sido casi siempre terreno de los charlatanes, y los curanderos modernos lo utilizan mucho. Aun así, como todos sabemos, estas gentes no se meten en terrenos donde, si la lían, lo hacen de verdad. Se trata de una electroterapia que se utiliza mucho, pero que los curanderos no: en el corazón. Aquí no se atreven a meter electricidad. No obstante, en la medicina sí se utilizan desfibriladores para paradas cardíacas.

La primera vez que se utilizó la electricidad para restaurar el movimiento de un corazón fue hace ya más de dos siglos y quien lo hizo fue un científico llamado Giovanni Aldini, quien era sobrino del fisiólogo y anatomista Luigi Galvani: el mismo que 20 años atrás se había hecho famoso por conseguir que se moviera la pata seccionada de una rana aplicándole electricidad. El efecto había sido bautizado como galvanismo. Tras la muerte de Galvani, en 1789, Aldini recorrió el mundo con espectáculos que demostraban el efecto del galvanismo sobre toda clase de cosas: desde una cabeza de buey hasta un cuerpo humano.

El show de Aldini en Londres fue uno de los más espectaculares. Aplicó un par de electrodos al cadáver de un asesino convicto al que se había bajado del patíbulo una hora antes. Las piernas se agitaron, se le abrió un ojo y se alzó en el aire su puño cerrado, en tono amenazador. El público quedó asombrado, pues parecía que estaba volviendo a la vida. Una señora, incluso, se desmayó.

Otras demostraciones posteriores que imitaban a Aldini fueron aún más impresionantes. En una de ellas, en Glasgow, el público salió corriendo, asustado, cuando la aplicación de la corriente eléctrica hizo que el dedo índice de un cadáver se estirara y pareciera señalarlos uno a uno.

Estos espectáculos fueron una de las inspiraciones de una mujer que pensó que, ya que se podía hacer mover un miembro de un cadáver, tal vez, podría reanimarse un hombre muerto y devolverle la vida. La mujer se llamaba Mary Shelley y escribió un libro que a, buen seguro, os sonará: Frankenstein.

Una cosa que sabemos es que, si el corazón se para, lo siguiente es la muerte. A menos que se pueda volver a poner en marcha con mucha rapidez. La primera persona en demostrar que era posible hacerlo con métodos eléctricos fue Aldini. En público, asfixió un perro hasta causarle una parada cardiaca y después lo reanimó con descargas de una pila voltaica en el tórax.

Hubo que esperar quince años para que el médico americano Richard Reece publicara una guía médica familiar que incluía una maravillosa descripción de La silla de animación del doctor De Sanctis donde se podía resucitar a un paciente con un equipo que incluía un fuelle con un tubo laríngeo para inflar los pulmones, un globo caliente para crear vapores para inhalar y una pila voltaica con un tubo de plata (que partía de un electrodo) que se metía por el esófago, mientras con un cable conectado al otro electrodo se “tocaban sucesivamente diferentes partes de la superficie externa del cuerpo, en particular por las zonas del corazón, del diafragma y el estómago, mientras se inflaban los pulmones”.

Entre esto y el marcapasos externo hay sólo un paso. Albert Hyman lo inventó en 1932 y tenía una tasa de éxito del 30% cuando se empleaba durante la cirugía. Incluso esta tasa de éxitos fue considerada por algunos como una afrenta al Altísimo. Hyman llegó a recibir cartas insultantes e incluso pleitos de personas que consideraban sus inventos de resucitación como una interferencia sacrílega con la Divina Providencia. Seríe interesante saber quién fue al cielo, si Hyman o los religiosos que le amenazaban (antes que Hyman, parece ser que lo hizo Mark Lidwell; más en Amazings)

Aunque el peligro no eran los religiosos, sino las compañías eléctricas. Allá por los años 1950, el cirujano C. Walton Lillehei, de la Universidad de Minesota, empezó a insertar hilos de acero inoxidable en el corazón de un paciente antes de cerrar el pecho en una operación de corazón, utilizando los enchufes de la red como fuente de electricidad. Un día hubo un apagón y un paciente murió. Ello estimuló los esfuerzos por inventar un marcapasos a pilas que se insertara de forma permanente.

Cada vez fueron más pequeños y eficaces gracias, entre otras cosas, a la invención de la batería, otros componentes miniaturizados y al conocimiento del funcionamiento de la electricidad biológica. Por cierto, los primeros utilizabam plutonio. Muchas vidas han cambiado gracias al marcapasos.

El ingeniero colombiano Jorge Reynolds Pombo diseñó el primer marcapasos implantable que los médicos suecos Rune Elmqvist y Ake Senning utilizaron en 1958. Sin embargo, el instrumento falló a las pocas horas de puesto en marcha. Otro ingeniero, el norteamericano Wilson Greatbatch perfeccionó el invento, probando su prototipo en un perro en el mismo año. En 1960, Henry Hannafield, de 77 años, se convirtió en el primer ser humano en recibir el implante (vía).

Puede que, de momento, no seamos capaces de crear vida, pero sí tenemos muchas más posibilidades de mantenerla en marcha. Es un paso, ¿no?

Fuente:
Len Fisher, ¿Cuanto pesa el alma?

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