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El final de los Romanov

La historia de hoy empieza en marzo de 1917. Presionado por la revolución bolchevique, el zar Nicolás II abdicó en favor de su hermano menor, el gran duque Miguel. A este último no le interesaba asumir el poder en medio del desorden que había en su país y, de este modo, se puso fin a la dinastía Romanov que había imperado en Rusia desde 1613. En mayo del año siguiente, los Romanov fueron llevados a Ekaterimburgo en calidad de prisioneros. Meses después, los opositores a los bolcheviques se dirigían a Ekaterimburgo y Lenin no podía permitir que los defensores de la monarquía liberaran a la familia imperial.

Según los datos históricos más fiables, la madrugada del 17 de julio de 1918, la familia real rusa compuesta por el zar Nicolás II, la zarina Alejandra, sus cinco hijos, (cuatro mujeres: Olga, Tatiana, María, Anastasia; y un varón: Alexei), tres de sus sirvientes y el médico de la familia fueron llevados al sótano para, según les dijeron, ponerlos a salvo. Al llegar, sin embargo, les pusieron alineados contra la pared. El líder del pelotón, Yakov Yurovsky, leyó las órdenes de ejecución y sin el menor miramiento los fusilaron y remataron a bayonetazos y golpes de culata. Posteriormente, los despojaron de sus ropas y los pusieron en un camión.

La intención inicial era dejarlos en el fondo de la profunda galería de una mina a las afueras de Ekaterimburgo. Pero el camión se averió y tuvieron que enterrarlos allí mismo, sobre la marcha. Cavaron una fosa, echaron los cuerpos y los rociaron con ácido sulfúrico. En el informe se dijo que dos de los cuerpos fueron incinerados fuera de la fosa. Un diario local diría que Nicolás II había sido ejecutado sin formalidades burguesas pero en concordancia con nuestros nuevos principios democráticos. En Moscú, al día siguiente, el Consejo del Pueblo fue notificado oficialmente de la ejecución del zar. Nadie pidió explicaciones ni mencionó al resto de la familia. El camarada Lenin, presidente del Consejo, sugirió pasar al primer punto del orden del día.

Más de 60 años después, en 1979, el geólogo Alexander Avdonin y el escritor y cineasta Gely Ryabov hallaron un informe secreto redactado por Yurovsky, localizaron el lugar exacto donde se suponía estaban enterrados los Romanov y se personaron allí. Habían cavado algo más de medio metro cuando encontraron varios esqueletos. Los fotografiaron y los volvieron a enterrar. Diez años más tarde, Ryabov hizo público el descubrimiento y en 1991, el entonces presidente Boris Yeltsin autorizó una investigación. Os muestro un diagrama hecho por la arqueóloga Ludmila Koryakova de los restos encontrados (del libro The many deaths of Tsar Nicholas II, de Wendy Slater):

Se encontraron cerca de 1000 fragmentos óseos. Los expertos rusos recompusieron el rompecabezas y estimaron la edad y el sexo de cada individuo. Los restos pertenecían a nueve personas diferentes, tres niñas y seis adultos (cuatro mujeres y dos varones). Los cráneos presentaban signos de violencia: agujeros de bala, marcas de arma blanca, etc. Algunos de los restos eran de origen aristocrático ya que había empastes dentales hechos con porcelana, oro y platino.

Finalmente, se determinó que los restos podrían corresponder al zar, la zarina y a tres de sus cinco hijos. Los otros cuatro adultos debían pertenecer al médico, el ayudante de cámara, el cocinero y la doncella de Alejandra. Faltaban los restos de dos de los hijos. No obstante, la evidencia no era totalmente definitiva, así que pidieron ayuda al Servicio Británico de Ciencia Forense. Para recibir los restos, la BBC envió un coche fúnebre al aeropuerto. El encargado de la recepción explicó posteriormente que le pareció inadecuado transportar a la familia imperial rusa en el portamaletas de su Volvo.

Bajo las órdenes del doctor Peter Gill, el equipo comprobó los cromosomas sexuales y el ADN mitocondrial, entre otras pruebas. Los estudios lo confirmaron: eran cinco mujeres y cuatro varones. Las tres niñas eran hijas de dos de los adultos y las otras cuatro personas (cuatro adultos) no tenían parentesco familiar. Suponiendo que eran los Romanov, faltaban los restos de Alexei y una de las niñas.

Pero una cosa es conocer la relación entre los restos y otra diferente era afirmar que eran los de los Romanov, o sea, comprobar que los padres eran Nicolás y Alejandra. Sí, claro, todas las pruebas apuntaban en esa dirección y la historia era conocida, pero era necesario relacionarlos con algún descendiente vivo que quisiera colaborar.

El ADN mitocondrial se transmite de madres a hijos e hijas, mientras que el del padre se pierde. Todos tenemos el ADN mitocondrial de nuestras madres, seamos hombre o mujer. Entonces, si una determinada persona tiene dicho ADN diferente al nuestro, entonces, no puede ser nuestra madre, hermano (de la misma madre) o abuela materna, por ejemplo; pero si es idéntico, entonces tenemos un antecesor común subiendo por nuestras respectivas madres. Y tanto es así que podemos encontrar una madre de todos llamada Eva mitocondrial. En el caso de la zarina Alejandra tenemos el siguiente árbol genealógico (destaco en rojo el camino de igual ADN mitocindrial):

Salvo el zar Nicolás II, todos los del árbol genealógico anterior debían tener el ADN mitocondrial idéntico al de la Princesa Alicia. Felipe de Edimburgo (esposo de la reina Isabel II de Inglaterra) accedió a dar una muestra de su sangre. Se comparó su ADN mitocondrial y las pruebas fueron concluyentes: los ADNs mitocondriales eran idénticos: ella era Alejandra.

La identificación del zar se complicó. Su hermano Jorge había muerto en 1899 y el gobierno ruso no estaba dispuesto a hacer una exhumación de sus restos que reposan en la Catedral de San Pedro y San Pablo (San Petersburgo). Los científicos localizaron un sobrino del zar, pero se negó a colaborar recordando a sus interlocutores que Inglaterra no había ofrecido asilo político a los Romanov durante la revolución bolchevique. Así que hubo que encontrar otros parientes de nada menos que la abuela del zar Luisa de Hesse-Kassel, cuyo árbol genealógico muestro a continuación:

Efectivamente, las pruebas casi dan positivo con la condesa Xenia Cheremeteff-Sfiri y el Duque de Fife. Pero en este caso, apareció un heteroplasmia, o sea, que en un punto o posición de ADN hay más de un nucleótido, cosa que dificultó mucho la interpretación de los datos, concretamente en el nucleótido 16.169. Los parientes lejanos tenían en el 100% de los casos una citosina (C), mientras que el zar tenía una timina (T) el 70% de las veces y una C el 30% de las veces. Si se suponía que el ADN mitocondrial tenía que ser idéntico, cabía la posibilidad de que el ADN hubiera sido contaminado o, al fin y al cabo, que el hombre no fuera el zar y, ni siquiera, la familia Romanov.

La Iglesia Ortodoxa Rusa reclamó al gobierno la resolución del caso y el 14 de julio de 1994 fueron exhumados los restos del hermano, Jorge Romanov. Esta vez, los análisis se hicieron en Maryland, EEUU, y los resultados no pudieron ser mejores: las mitocondrias de Jorge llevaban una mezcla de cromosomas con una C o una T en el nucleótido 16.169. La probabilidad de que fuera el zar era superior al 99,99%.

Faltaban los restos de una de las hijas y Alejandro (era el único hijo varón). Ha habido mujeres que han dicho ser una de las desaparecidas. La más conocida, sin duda fue una muchacha rescatada de un canal berlinés en 1919 e internada en un hospital psiquiátrico. Se negó a identificarse. Una de las internadas se empecinó en que aquella muchacha que había entrado era la duquesa Tatiana Romanov. Un careo con una ex doncella de la zarina Alejandra bastó para descartar esa posibilidad: Tatiana era mucho más alta. Para sorpresa de todos, la desconocida respondió que claro que no era Tatiana, sino Anastasia.

En las décadas siguientes, la mujer sería conocida como Ann Anderson, nombre que adoptó en EEUU para evitar el acoso periodístico. Tuvo partidarios y detractores, pero tal y como ella no podía demostrar que era Anastasia, nadie podía probar tampoco que no lo era. Durante su vida inspiró novelas, cuentos y hasta películas; quizás la más famosa de 1956 interpretada por Ingrid Bergman y Yul Brynner. Dicha película tenía un final feliz, ya que la protagonista resultaba ser reconocida por su abuela paterna. Ingrid Bergman recibió un Oscar y Ann Anderson recibió una recompensa económica por ser, de algún modo, parte de la historia. También hay una película de la Fox del año 1997.

Falleció en 1984, cuando todavía no se hacían análisis de ADN. En 1998 los científicos quisieron exhumar el cadáver y desubrieron, para su consternación, que había sido incinerado, con lo que se había destruido toda posibilidad de establecer una identificación a partir de los huesos. No obstante, resulta que en 1970 la señora Anderson se había sometido a una intervención quirúrgica y aún conservaban restos de sus tejidos inmersos en parafina en el Servicio de Anatomía Patológica Forense del Hospital de Charlottesville, donde había sido operada. Tras muchas solicitudes, y no pocas dificultades, el equipo del Forensic Science Service dirigido por Peter Gill consiguió un fragmento de esa muestra. Los resultados fueron concluyentes: no había ninguna relación genética con el zar o la zarina. O sea, que no era Anastasia. Era parte de la historia en la película, sí, pero el final no se adaptaba a la realidad.

No hemos de olvidar, por otro lado, que el mismo informe que había permitido localizar a los Romanov decía también que dos de las personas habían sido incineradas en una fosa común para ocultar aún más los entierros de la familia y su séquito, de manera que no encontraran el número correcto de personas.

El año 2000 la Iglesia Ortodoxa Rusa canonizó a la familia como “strastotérpets”, o sea, gente que ha muerto con humildad cristiana. No deja de ser sorprendente que ni los criados ni el médico fueran también canonizados. Ya se sabe: aunque dicen que todos somos iguales a los ojos del Señor, parece que unos son más iguales que otros. Pero me estoy desviando de la historia.

El 23 de agosto de 2007, un grupo de aficionados descubrió algunos fragmentos de hueso a 70 metros de donde había estado ubicada la primera fosa. La excavación arqueológica oficial, dirigida por el Dr. Sergei Pogorelov dejó al descubierto 44 fragmentos de hueso y dientes. Como había huesos duplicados se dedujo que, al menos, dos personas estaban sepultadas en ese lugar. El análisis de los huesos de la cadera permitió identificar una mujer de entre 15 y 19 años y un varón de entre 12 y 15. Como los restos eran limitados y estaban fragmentados no se pudo determinar el tipo racial o ancestral ni la estatura en vida. Se encontraron también tres amalgamas de plata, lo que sugería un status aristocrático. Además, el análisis del contexto indicaba que los huesos habían sido depositados allí al menos 60 años atrás. La mujer podía ser Anastasia o María, ya que la primera tenía 17 la segunda 19.

Para confirmar la sospecha de que nadie de la familia real había sobrevivido al 17 de junio de 1918, el gobierno ruso invitó al Laboratorio de Identificación de DNA de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos y a la Universidad de Medicina de Insbruck para analizar los restos óseos que se acababan de recuperar.

La información de los restos óseos masculinos se compararon con la información del zar, a través del cromosoma Y (tal y como el ADN mitocondrial pasa de madres a hijos e hijas, el cromosoma Y pasa de padres a sólo hijos), y de un descendiente de la misma línea paterna, su primo Andrew Andreevich Romanov. La conclusión es que dichos restos eran de Alexei Romanov. Los femeninos se compararon con la información obtenida de los análisis de ADN mitocondrial de la primera fosa. Se trataba de una hija de Alejandra. No queda claro si era María o Anastasia, pero con esta prueba ya no quedan más miembros de la familia por encontrar.

Al margen de la curiosidad científica y detectivesca de esta historia, me permitiréis hacer una reflexión sobre un acto como este. Puedo entender que morir por un ideal sea considerado como una tontería o como un acto de heroísmo y digno de admiración; pero matar por un ideal es un acto cobarde y despreciable. Y ya no hablemos si lo hacemos con familiares o sirvientes que no tienen nada que ver en el asunto. Cabría plantearse, entonces, si ese ideal es tan bueno como se pretende.


Familia Romanov: (De izquierda a derecha y de atrás al frente) María, Alexandra, Alexei, Olga, Tatiana, Nicolás y Anastasia. Imagen tomada de tripodart.com (vía)

Fuentes:
Lorente Acosta, José Antonio, Un detective llamado ADN.
Alzogaray, Raúl A., Una tumba para los Romanov y otras historias con ADN
http://en.wikipedia.org/wiki/Grand_Duchess_Anastasia_Nikolaevna_of_Russia
http://es.wikipedia.org/wiki/Anastasia_Nikoláyevna_Románova
http://es.wikipedia.org/wiki/Nicol%C3%A1s_II_de_Rusia
https://antropologiafisicaparaque.wordpress.com/tag/anastasia-romanov/
http://elzo-meridianos.blogspot.com/2011/04/el-zar-y-el-rey-de-inglaterra-primos.html
http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/noticia.asp?pkid=345870

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