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Archive for December 23, 2010

Física en la Ciencia Ficción

ADVERTENCIA: En caso de que la extensión del post te resulte excesiva a primera vista, piensa que al llegar al final del mismo siempre podrás retroceder en el tiempo, volver al instante en que no habías comenzado a leer y abandonar la idea. ¡Suerte!

En 1985 Arthur C. Clarke escribía: “el argumento más convincente contra la posibilidad del viaje en el tiempo es la llamativa ausencia de viajeros“. Al fin y al cabo, parece bastante razonable suponer que si existiesen verdaderamente las máquinas del tiempo, más temprano que tarde se podrían replicar y enseguida comenzarían a pulular los viajeros del tiempo por todos lugares y épocas.

En 1992, Stephen Hawking enunciaba su conjetura de la protección de la cronología. Básicamente, lo que afirmaba era que los viajes en el tiempo estaban prohibidos por las leyes físicas (al menos, a nivel macroscópico). De no ser así, deberíamos estar invadidos por hordas de turistas procedentes del futuro, cosa que no observamos en absoluto.

La proposición de Hawking se basaba en ciertos argumentos extraídos tanto de la teoría general de la relatividad como de la mecánica cuántica. Si se consideraba la geometría del espaciotiempo tal y como se hace habitualmente en la relatividad, lo que técnicamente se denomina una variedad diferenciable cuatridimensional de Hausdorff (esto sólo lo digo para darle apariencia de rigor al resto del post…), entonces se llega a la conclusión de que cualquier máquina del tiempo imaginable (bien sea un agujero de gusano de Morris-Thorne, las cuerdas cósmicas de Gott, la curvatura espacial de Alcubierre o un tubo de Krasnikov) permitiría al viajero del tiempo aventurarse hacia el pasado solamente, como mucho, hasta el momento de la construcción de la máquina. Esto significa que, a menos que alguien haya desarrollado ya secretamente una máquina del tiempo, entonces, para visitarnos a nosotros, los viajeros del futuro tendrían que utilizar máquinas del tiempo naturales o construidas por civilizaciones extraterrestres mucho tiempo atrás. Como no tenemos constancia de la existencia de ninguno de estos artefactos o estructuras que nos permitiesen recorrer lo que se denominan, en la jerga de los científicos que se dedican a estudiar estos temas, curvas cerradas de tipo tiempo, parece que la conclusión lógica es que deben estar prohibidas por las leyes que gobiernan el universo.

Y no os vayáis a pensar que solamente la física se ha encargado de rebatir la existencia del viaje en el tiempo. Han surgido respuestas incluso desde el mundo de la economía. M.R. Reinganum, economista, propuso en 1986 que si los viajeros del futuro nos hubieran visitado podrían perfectamente haber usado información privilegiada para hacer derrumbarse los intereses de las entidades financieras. Debido a que lo que observamos habitualmente parece todo lo contrario, los viajeros deben forzosamente no existir. Pensad tan sólo en los oscuros deseos de fama y fortuna sin fin que logra Biff Tannen con ayuda del almanaque de resultados deportivos en Regreso al futuro II (Back to the Future II, 1989) o los ingeniosos protagonistas de la película más desconcertante sobre viajes en el tiempo jamás filmada: Primer (Primer, 2004)

En cambio, si cruzamos la calle y nos dirigimos a la acera de enfrente (en el sentido estricto de la expresión y no en el figurado…) vemos que los escritores de ciencia ficción han imaginado, desde siempre, una gran variedad de fenómenos físicos que podrían ser la causa de la aparente imposibilidad de observar viajeros del tiempo procedentes del futuro, en el caso de que existiesen. Entre algunas de esas causas se pueden citar, por ejemplo, efectos colaterales del viaje, que les harían invisibles o incluso sufrir amnesia, como los protagonistas de la serie Perdido en el tiempo (Quantum Leap, 1989-1993), quienes únicamente pueden permanecer en nuestro tiempo durante periodos arbitrariamente cortos. También otros motivos, que tienen que ver con que su manifestación física es poco clara o imperfecta, de tal modo que solamente son visibles o audibles como fantasmas, espíritus o fenómenos paranormales.

Algunas de estas ideas se pueden encontrar, por ejemplo, en “The Founding of Civilization”, el relato publicado en 1968 por el autor ruso R. Yarov, en el que una ley física impide a los viajeros del tiempo detenerse en cualquier instante. Así, las máquinas viajan constantemente, sin parar. Los afortunados testigos de sus fugaces presencias las interpretan de muy distintas maneras: los más supersticiosos, como ovnis, naves espaciales extraterrestres, espectros y otras criaturas sobrenaturales; por contra, los más escépticos solamente ven fenómenos atmosféricos un tanto inusuales. Huy, huy, huy. ¿A qué me suena todo esto?

En “El zorro y el bosque”, de Ray Bradbury, se utiliza un dispositivo de bloqueo psicológico para asegurar que los viajeros del tiempo no puedan transmitir información tecnológica ni dar a conocer detalles acerca del viaje en el tiempo a los habitantes del pasado. Algo similar se puede leer en la obra de 1942 “Mi nombre es Legión”, del siempre sorprendente Lester del Rey.

Podríamos continuar durante párrafos y párrafos enumerando cientos de propuestas y soluciones a la aparente paradoja de la ausencia de viajeros del tiempo. De hecho, bien se podría escribir una extensa monografía sobre el tema. Pero no es éste el objetivo de este post (aunque no lo parezca, ¡JUAS!). Bien, dejando a un lado todos los argumentos anteriores y suponiendo por un momento que tanto las máquinas como los viajeros del tiempo existiesen, la pregunta que inevitablemente se nos plantea es: ¿podemos imaginar, con cierta base científica, algún motivo por el que no tengamos pruebas de que aquellas hayan sido utilizadas? Os expongo, a continuación, siete de ellos que se pueden encontrar en el libro de David Toomey citado en la fuentes.

 

El viaje en el tiempo requiere el uso de agujeros de gusano naturales o preexistentes que nunca han sido descubiertos.

Las curvas cerradas de tipo tiempo existen en algún lugar del universo, pero no han sido encontradas. Es posible que tengan una vida muy breve, que sean extraordinariamente raras o que estén fuera del alcance de nuestros telescopios.

El viaje en el tiempo es inaceptablemente caro o peligroso.

Es posible que se descubran curvas cerradas de tipo tiempo, pero que se encuentren a unas distancias tan grandes que viajar hasta ellas por el espacio ordinario sea prohibitivamente caro. Por otra parte, aunque se demostrase que el viaje en el tiempo es económicamente viable podríamos considerar que no vale la pena correr el riesgo que representa para nuestras vidas. Tal vez una civilización suficientemente avanzada decida intentarlo, se produce un accidente y se pone fin al intento para siempre.

En 1980 G. Fulmer señalaba la posibilidad de la existencia de alguna limitación física aún desconocida que impidiese el viaje en el tiempo: quizá el gasto de energía de la máquina dependiese matemáticamente de la cuarta potencia del tiempo que uno pretendiese recorrer, haciendo posibles únicamente viajes muy breves. Cabría la posibilidad de que esto se descubriese dentro de muchos años y, en consecuencia, aún no hayan tenido tiempo de alcanzarnos sus efectos.

El gran Robert Heinlein usa el argumento anterior en su novela “Puerta al verano”, con una ley algo menos restrictiva (inversa con el cuadrado de la distancia temporal). Isaac Asimov, asimismo, emplea ideas similares en su relato “Botón, botón”, en el que una máquina es capaz de rescatar y traer al presente objetos procedentes del pasado, siempre que su peso sea extremadamente reducido (la ley matemática, en este caso, es una exponencial inversa).

Otra idea muy interesante es la que sugiere que el flujo temporal tiene forma de espiral. No podemos movernos por él con velocidad “normal” a lo largo de su longitud, pero sí que resulta posible saltar entre los tramos de la espiral adyacentes más próximos entre sí.

Poul Anderson en “Flight to Forever” cuenta la historia de un viajero del tiempo quien, tras desplazarse cien años al futuro, descubre con horror que es incapaz de retornar nuevamente a su época porque el consumo energético es exponencialmente creciente para el viaje al pasado. En cambio, el periplo al futuro resulta enormemente más económico y mucho menos restrictivo. Decide, pues, seguir adentrándose en el futuro con el propósito de hallar alguna vez una civilización suficientemente avanzada que le pueda prestar ayuda. Nunca lo logra y entonces acaba viajando con destino al final del universo, el Big Crunch, cuando todo desaparece y asiste a un nuevo Big Bang, el nacimiento del nuevo universo y de un nuevo ciclo temporal. Emprende, una vez más, otro viaje al futuro que le llevará hasta un instante justamente anterior a aquél en el que decidió partir la primera ocasión. La experiencia le deja tan aterrorizado y traumatizado que decide eliminar todo vestigio de su increíble aventura. A partir de este momento, nadie vuelve a intentar el viaje en el tiempo.

¿Alguno de vosotros se atrevería a montarse en la máquina del tiempo, si conocieseis de antemano sus riesgos, peligros y posibles consecuencias? ¿No preferiríais optar por utilizar cobayas, aunque fuesen humanas, tal y como hace, por ejemplo, D.C. Compton (1971) en su “Hot Wireless Sets, Aspirin Tablets, the Sandpaper Sides of Used Matchboxes, and Something That Might Have Been Castor Oil”, donde emplea al arquetípico “tonto del pueblo” como primer viajero del tiempo de la historia?

¿Y qué me decís de la idea de D. Platcha, expuesta en su “The Man from When”, donde sugiere la posibilidad de utilizar tan sólo una única vez el viaje en el tiempo, a sabiendas de que la Tierra será totalmente destruida en un futuro muy próximo, unos 18 minutos?

El viaje en el tiempo deja de ser interesante.

El mismísimo Kip Thorne, uno de los pioneros en el campo del estudio científico riguroso de las máquinas del tiempo, abandonó el tema a principios de la década de 1990 para dedicarse a investigar la cuestión de las ondas gravitacionales. Posiblemente otros científicos hagan lo mismo y vayan perdiendo interés por las máquinas del tiempo, dirigiendo su atención y esfuerzos hacia otros asuntos. También podría darse un cambio de tendencia generalizado y la cultura científica experimental se dirigiese o enfocase hacia temáticas más filosóficas que físicas, por ejemplo.

En los últimos 4-5 siglos el conocimiento y el progreso científico-tecnológico nos ha habituado, de alguna manera, a pensar de un determinado modo, a ver el mundo bajo una óptica muy diferente a como se hacía muchos siglos atrás. Durante largos periodos como la Edad Media en la Europa occidental, incluso se detuvo el progreso de la ciencia. El método científico, tal y como lo conocemos actualmente, nació con Galileo Galilei (1564-1642). Es posible que no sea algo tan sólido como nos gustaría imaginar.

Suponed que, por algunas de las razones anteriores, solamente unos cuantos viajeros en el tiempo acaban emprendiendo el viaje. Quizá únicamente unos cuantos viajan a épocas posteriores a la nuestra y su presencia es ampliamente divulgada y conocida o, por el contrario, pasa desapercibida; o puede que otros pocos viajan a nuestra época a épocas anteriores a la nuestra, pasando por diversos motivos, inadvertidos. ¿No podría constituir esto razón más que sobrada para haberse puesto el punto y final a los poco interesantes y estimulantes viajes en el tiempo?

El viaje en el tiempo está prohibido, aunque resulta posible.

Encuentros entre sociedades de niveles tecnológicos radicalmente diferentes provocan casi inevitablemente que las menos avanzadas sean las que se lleven la peor parte y sufran un mayor trauma. Éste es un tema recurrente en la ciencia ficción más reflexiva, de carácter más social que científico. Sociedades muy seguras de su lugar en el universo se desintegraron al entrar en contacto con otras previamente desconocidas con ideas y formas de vida muy diferentes; otras sociedades que sobrevivieron a la experiencia pagaron el precio de unos cambios traumáticos en sus valores, actitudes y comportamiento.

Tal vez, si falla la conjetura de la protección de la cronología de Hawking, surja una preocupación ética de amplia aceptación en contra del viaje en el tiempo, o una ley que lo prohíba. ¿Y si la civilización capaz de viajar en el tiempo, para proteger a los habitantes del pasado o mismamente al propio pasado, hubiese prohibido el viaje en el tiempo? ¿Acaso nuestra civilización no ha creado reservas naturales donde preservar especies en vías de extinción? Si el refugio es “perfecto” el refugiado ni se dará cuenta. ¿No puede ser éste nuestro caso?

Aunque quizá las generaciones futuras nos consideran éticamente atrasados y peligrosos, y optan por mantenernos en un aislamiento forzoso para protegerse ellos mismos de nuestra nefasta presencia e influencia.

Los viajeros en el tiempo procuran pasar inadvertidos.

Podrían utilizar varias estrategias que no violan las leyes físicas conocidas. Tal vez nos observan desde el espacio, a cierta distancia, o mediante robots que de alguna forma consiguen permanecer invisibles a nuestros instrumentos. Tal vez están mucho más cerca pero drogan, hipnotizan de forma rutinaria a todo posible testigo de su presencia. ¿No podría darse la posibilidad de la existencia de una Comisión de Control del Tiempo, encargada de regular los viajes al pasado para evitar posibles transformaciones del presente y futuro, tal y como nos muestra el sin par Jean Claude Van Damme en Timecop, policía en el tiempo (Timecop, 1994)?

Paul Davies, el célebre científico y divulgador, ha sugerido que civilizaciones muy avanzadas, con el fin de ahorrar energía y hacer más eficiente el viaje, podrían reducir su propio tamaño.

O tal vez podrían estar ya entre nosotros, disfrazados, camuflados, tras haber sido cuidadosamente instruidos en nuestro idioma y costumbres. La reciente película Outlander (Outlander, 2008), protagonizada por Jim Caviezel tiene en cuenta las premisas anteriores. Kainan (Caviezel) se estrella con su nave espacial en la Noruega de la época vikinga. Con ayuda de tecnología muy avanzada se autoimplanta a través del globo ocular todos los conocimientos necesarios para pasar lo más desapercibido posible, aprende el idioma y se viste con las ropas adecuadas.

Los escritores de ciencia ficción, una vez más, han propuesto varias hipótesis sobre la identidad de los viajeros del tiempo. Así, encontramos a los equivalentes futuros de nuestros propios antropólogos o historiadores, como en Timeline (Timeline, 2003), basada en la novela “Rescate en el tiempo” del prolífico Michael Crichton; o a clases particularmente aventureras de turistas que se dedican a presenciar grandes catástrofes del pasado, como en Huída a través del tiempo (Grand Tour: Disaster in Time, 1992), algunos de los cuales nos visitan durante días, semanas o meses y luego se van; en cambio otros se quedan más tiempo y unos pocos, incluso, se quedan entre nosotros para siempre. De vez en cuando, alguno delata involuntariamente su procedencia, al escapársele algún hecho o tecnología del futuro. Nosotros, en cambio, les tomamos por locos y los encerramos en un sanatorio mental, como se refleja en Doce monos (Twelve Monkeys, 1995); les confundimos con alguna clase de demonios al estilo de lo que sucede en Timerider. El jinete del tiempo (Timerider: The Adventure of Lyle Swann, 1982); o les consideramos brujos y son condenados a morir abrasados en la hoguera, tal cual le sucede a Un astronauta en la corte del rey Arturo (The Spaceman and King Arthur, 1979). Afortunadamente, la avanzada tecnología de su traje espacial le salva en el último momento. Claro que siempre cabe la posibilidad de que los viajeros del tiempo sean simios evolucionados a partir de la especie humana y permanezcan ocultos trabajando en circos ambulantes, al estilo de Huída del planeta de los simios (Escape from the Planet of the Apes, 1971).

La civilización humana no sobrevive el tiempo suficiente como para desarrollar el viaje temporal.

En la célebre ecuación de Drake encontramos entre sus factores el de la longevidad de una civilización, es decir, el tiempo que sería capaz de vivir antes de desaparecer o, simplemente, autodestruirse.

Durante la época de la Guerra Fría, especialmente los soviéticos, eran muy pesimistas en lo referente al valor de dicho parámetro en la ecuación de Drake. Otros, en cambio, pensaban que el período de peligro nuclear de una civilización era relativamente breve y, una vez superado, podría sobrevivir durante bastante tiempo.

Pero no solamente a causa de un holocausto nuclear podría desaparecer nuestra civilización. Hay otras posibilidades, como el impacto de un meteorito tal como un asteroide o un cometa; una plaga natural o artificial; una supernova o similar; etc.

En relación a esto último, en 1982, M. Shaara relata en “Time Payment” la posibilidad real del viaje en el tiempo, tanto al pasado, como al futuro. Sin embargo, para explicar el “problema” que se plantea ante la aparente ausencia de viajeros procedentes del futuro, los protagonistas de la obra llegan a la conclusión de que únicamente existen dos posibilidades: o bien el viaje en el tiempo es tan peligroso que todos los que lo han probado han perecido en el intento, o bien es que en el futuro no existe absolutamente nadie para poder viajar. Este segundo argumento viene reforzado por el hecho de que, en la novela, la acción se desarrolla en un futuro lejano, cuando nuestro Sol se encuentra en sus últimas fases de evolución, a punto de convertirse en una nova.

Los viajeros del tiempo prefieren viajar a épocas distintas a la nuestra.

Esta posibilidad ataca directamente a nuestra autoestima como seres humanos. Quizá debamos asumir que no les interesamos en absoluto.

Si comprimiésemos la edad del universo en un solo año (a esto se le conoce como año cósmico), el sistema solar se formaría a mediados del mes de septiembre. Todo lo que se registra en la historia escrita, es decir, el surgimiento y decadencia de las grandes civilizaciones, aparece en los últimos diez segundos del 31 de diciembre.

Si nuestros descendientes futuros de dentro de 3.000 millones de años quisieran visitarnos sería algo parecido a que nosotros mismos visitáramos la Tierra en la época en que surgieron los primeros organismos unicelulares. ¿Podríamos o seríamos capaces de reconocer a los viajeros procedentes de un futuro tan lejano? ¿Cómo se comunicarían con nosotros? Es más, ¿se mostrarían siquiera interesados? Si dispusiéramos de un año entero para visitar y conocer, ¿querríamos visitar los últimos diez segundos del último día? ¿A quién no le apetece perderse las campanadas y las uvas de la suerte cósmicas?

Por supuesto que podemos considerarnos importantes y dignos de ser visitados y conocidos. Al fin y al cabo, somos la forma de vida más compleja conocida. Ahora bien, en el futuro lejano ¿también lo seríamos? O, por el contrario, ¿habría otras especies inteligentes en la Tierra? ¿Qué probabilidad existiría de que se desarrollaran? Los mamíferos no colonizaron la Tierra hasta que no desaparecieron los dinosaurios, hace unos 65 millones de años.

Otras razones. Especialmente, las tuyas

Si habéis llegado hasta aquí leyendo, quizá estéis pensando que a vosotros mismos se os están ocurriendo justamente en este momento decenas de otras nuevas razones para justificar la no existencia de los viajeros del tiempo o la misma imposibilidad de sus máquinas. De hecho, me sentiría muy frustrado si así no fuese, ya que os considero a todos dignos lectores de este blog.

Algún avispado, incluso, se habrá dado cuenta de que no he mencionado en ningún momento la interpretación de los universos paralelos, aludida profusamente por muchos autores. Prefiero dejarla para una futura ocasión. De momento, quedaos con tres películas donde se aborda el asunto. Se trata de Timemaster, el señor del tiempo (Timemaster, 1995); El único (The One, 2001) y Déjà vu (Déjá vu, 2006).

Como quiero predicar con el ejemplo, y aun a sabiendas de que lo que a partir de aquí se diga ya haya podido ser tratado en alguna obra literaria o película desconocidas por mí, permitidme mis propias aportaciones. Aquí van:

  1. ¿Y si cada vez que alguien intentase viajar al pasado quedase irremediablemente atrapado en su propio presente? ¿Cómo podríamos ser capaces de localizarle? Cada vez que lo pretendiésemos, su presente ya se habría desvanecido ante nuestros ojos, ya que nos encontraríamos en su futuro.
  2. La muerte no existe. Cuando fallecemos, en realidad, somos transportados al futuro por una civilización extraterrestre que deja aquí únicamente nuestro cuerpo, un mero envoltorio. No es exactamente la misma idea que en la película Millennium (Millennium, 1989) pero se parece.

¿Os atrevéis a proponer las vuestras?

Fuentes:

Time Machines. Paul J. Nahin. Springer, 2ª edición corregida. 2001.

Las 100 mejores películas de viajes en el tiempo. Francisco Javier González-Fierro Santos. Cacitel. 2006.

Los nuevos viajeros en el tiempo. David Toomey. Ediciones de Intervención Cultural. 2008.

Mi puto cerebro, Sergio L. Palacios (Ph. D.), Journal of mental taraos and absolutely superior intelects, Vol. 69, p. 69-96. November 2010.

 

 


Una caja negra por dentro

http://www.youtube.com/v/xlY5W7be5jU&hl=es_ES&feature=player_embedded&version=3

Que por fuera no es negra ya lo sabíamos, pero lo compleja que es por dentro es algo más difícil de percibir salvo que alguien la abra ante nosotros – o ante una cámara.

El vídeo está en ingles aunque no es difícil de seguir, y en cualquier caso sigue permitiendo ver las interioridades y hacerse una idea de cómo funciona una caja negra.

Por cierto que el tipo del vídeo la compró en eBay y sí, parece que allí hay alguna que otra en venta.§ Make.

# Enlace Permanente y Comentarios


Baterías, tipos, mitos y verdades (II)

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Abordamos nuevamente este especial sobre las diferentes clases de baterías que existentes en el interior de las carcasas de nuestros dispositivos móviles. No sólo explicaremos el último de ellos, las baterías de polímeros de litio, sino que daremos por fin explicación al fenómeno conocido bajo el nombre de “efecto memoria” y que tantos quebraderos de cabeza ocasiona a la hora de proporcionar un correcto mantenimiento de estos necesarios complementos.

Con este propósito desvelaremos algunos trucos y verdades sobre como alargar en el tiempo la vída útil de nuestros dispositivos sin que ello requiera de un gasto extra añadido debido a un mal uso de los recursos energéticos con los que cuentan los teléfonos móviles en la actualidad.

Baterías de polímeros de litio, la revolución móvil

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Más conocidas por LiPo, fueron utilizadas inicialmente por Ericsson, aunque ahora su uso está muy extendido en la industria. Muy semejantes a las baterías de iones de Litio, su principal ventaja es su flexibilidad a la hora de implementarlas en cualquier dispositivo electrónico por muy pequeño que sea. De hecho, es conocida la intención de algunas compañías especialistas en el sector de la fabricación de baterías la intención de producirlas en láminas con tan sólo un milímetro de espesor.

Son una variación de las baterías de las anteriormente mencionadas baterías de iones de Litio, permitiendo una mayor densidad de energía. Tanto es así, que ésta podría multiplicarse hasta por 12 veces las de otras baterías como las de Níquel-Cadmio (NiCd) o las Níquel-Hidruro metálico (NiMH) a igualdad de peso. Por otro lado, baterías LiPo de igual capacidad que otras de NiCd llegan a ser hasta cuatro veces más ligeras.

Las ventajas son indiscutibles. Sin embargo el gran inconveniente de estas baterías es que requieren un trato mucho más delicado, bajo el riesgo persistente de deteriorarlas irreversiblemente, llegando incluso a producir su explosión. Como normal general precisan de una carga mucho más lenta que las de NiCd, aunque como a sus hermanas mayores el “efecto memoria” no le afecta en demasía siempre y cuando no se descarguen por debajo de cierto voltaje.

La gran desventaja de las LiPo continúa siendo su precio a día de hoy, teniendo un coste aproximadamente del doble que las tradicionales NiMh, a pesar de que su paulatina introducción en el mercado ha provocado una bajada en su precio y, por ende, en los costes de fabricación y venta de algunos terminales.

¿Qué es el “efecto memoria?

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El denominado “efecto memoria” es un fenómeno por el cual la capacidad de las baterías se ve reducida debido a una incorrecta gestión de las cargas por parte del usuario o por sobrecalentamiento. Al cargar las baterías sin que éstas hayan llegado a descargarse por completo de forma reiterada, los compuestos encargados de generar la reacción química que produce la corriente eléctrica terminan por crear cristales que modifican el voltaje y reducen su potencial energético o capacidad de carga.

Uno de los modos más efectivos para prevenirlo en las baterías NiCd y NiMh es realizar al menos un ciclo completo de carga/descarga cada poco tiempo de uso. Un sistema también muy recomendable para los tipos de batería menos susceptibles a este fenómeno, como las de iones de Litio y las de polímeros de Litio, para las que se recomienda llevarlo a cabo al menos una vez al mes.

Como veréis esto contradice la sabiduría popular, incluso la de algunos “profesionales de la venta” de aparatos electrónicos de consumo en tiendas y grandes superficies, que no recomiendan en absoluto la realización de cargas incompletas y sí esperar al agotamiento de de la batería para comenzar a cargarla de nuevo.

Pero sin duda, el mito más extendido es aquel en el que se recomienda realizar una primera carga más larga en cualquier batería para que alcance el máximo de capacidad, cuando todo ésto no es cierto.

Las baterías de Litio también tienen sus problemas: pasivación

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Es un fenómeno similar al “efecto memoria” que únicamente afecta a las baterías con base de Litio en su composición, aunque bastante menos conocido. La pasivación se produce cuando una batería sufre un largo periodo de inactividad o se le habitúa a recibir cargas pequeñas en cuanto a duración, lo que evidentemente repercute en su nivel de capacidad.

Se podría entender como una especie de resistencia interna de la batería, ya que se trata de una fina película de Cloruro de Litio (LiCl) que se forma sobre la superficie del ánodo que puede hacer caer el voltaje de la batería por debajo del necesario para el funcionamiento del dispositivo móvil al que dan servicio si ésta se torna cada vez mayor.

Sin embargo puede resultar incluso beneficiosa al evitar la autodescarga de la batería, ya que si la capa aún es fina desaparecerá conforme ésta se usa de forma habitual.

En Xataka Móvil | Baterías, tipos, mitos y verdades (I).


Bank of America compra dominios para defenderse de WikiLeaks

WikiLeaks5 Bank of America compra dominios para defenderse de WikiLeaks

Si compramos todas la URLs, no nos podrán atacar…” Este bien podría haber sido el comienzo ¿surrealista? del último movimiento de Bank of America para defenderse de posibles ataques. Difícil de catalogar las últimas acciones de Bank of America. ¿Paranoia, miedo, defensa.. ? En las últimas horas, las compras de varios dominios en Internet parecen más propias de una película (entre cómica y de espionaje) que de la propia realidad. Resulta que se han registrado hasta el momento un total de 439 dominios en Internet por parte de la compañía. Hasta aquí todo bien. El problema llega si comenzamos a ver el nombre de cada uno de los dominios comprados. Los 439 son el nombre de 439 directivos de la compañía, el nombre y el apellido acompañado del término “sucks” (mierda) más el ‘.com’. Sí, todo apunta a una medida de prevención… aunque suene a broma.

¿Por qué? Evidentemente por WikiLeaks. El Banco dejó de operar con la organización el pasado 17 de diciembre. Otra empresa más que ofrecía de esta manera su versión del final de las actividades entre ambos:

 

WikiLeaks puede estar comprometido en actividades que son, entre otras cosas, incompatibles con nuestras políticas internas para el procesamiento de pagos

Se sumaba así al grupo de compañías que le daba la espalda a WikiLeaks, censurándola y dando pie a una avalancha de críticas y posibles ataques por parte de los grupos de apoyo a la organización. Bajo el nombre de “Operación Boa Constrictor”, el grupo Anonymous planea un ataque contra la entidad. Además, Julian Assange desveló antes de entrar en prisión que el siguiente lote de cables sería información secreta del gobierno que implicaría a un banco muy importante de Estados Unidos. Claramente y desde entonces, las miradas fueron hacia Bank Of America como principal objetivo.

Y así las cosas, llegamos al momento actual y el giro argumental del propio banco. La compra de dominios para sus altos ejecutivos y miembros de la junta, incluyendo los “adjetivos” ‘blows’ y ‘sucks’ en cada uno, tanto con el ‘.com’ como con el ‘.net’. La compra ha sido realizada a través de MarkMonitor, la empresa encargada de proteger a Bank Of America en la red. En algunas páginas comienzan a circular los dominios comprados.

Personalmente, esta acción me parece más propia de una comedia. ¿De verdad piensan que con esto cerrarán bocas? ¿Quién habrá sido el genio de la idea? Aunque oficialmente WIkiLeaks no haya comentado aún nada, el cierre de las puertas a la organización y esta compra de dominios deja a las claras que durante el próximo año este banco será parte importante de los cables de WikiLeaks, por lo que creo que más de uno llevará un tiempo sin dormir bien.

Bank of America compra dominios para defenderse de WikiLeaks escrita en Bitelia el 23 December, 2010 por miguel-jorge
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My favourite jazz photos of 2010

The shooters at the Ottawa Citizen took some excellent jazz photos this year, by and large at the TD Ottawa International Jazz Festival. First, check out these three snaps by David Kawai, taken during the festival’s final weekend, of Tom Harrell, Christian Scott and Dave Brubeck:

Here are three from Ashley Fraser, of George Benson, Roy Hargrove and Gil Scott-Heron:

And finally, here is Jean Levac’s photo of Joe Lovano: